TODA FOTOGRAFÍA ES CONCEPTUAL

SERIE «EL ABOGADO DEL DIABLO» (II)

Comencemos por el principio: las pinturas rupestres que hace miles de años realizaron nuestros antepasados también tenían una historia detrás. En el fondo, aún la tienen. Es la historia de su vida, sus anhelos, sus visiones, su día a día, sus miedos, sus quimeras. Artesanía en estado puro que refleja inevitablemente una forma de concebir la vida; una existencia muy diferente a la nuestra, pero que ha quedado grabada para que nosotros podamos vislumbrar qué esperaban y qué temían. Esas pinturas hablan de mitos e intuiciones. Hablan, en definitiva, de ideas. Artesanía que –aún sin pretenderlo y obviando la técnica empleada– se diferencia poco de muchas obras de arte rabiosamente contemporáneas: cuentan una historia.

En realidad, el mundo está lleno de relatos, y una buena prueba de ello es que la Historia del Arte es también la de aquellas ideas que fueron plasmadas por los artistas de cada época. Si en el Gótico, por ejemplo, abundan las escenas basadas en las Sagradas Escrituras (pero también en los Evangelios y en la vida de los santos) destinadas en gran parte al pueblo con fines claramente didácticos, durante el Renacimiento una sociedad europea más laica, humanista y abierta a influencias exteriores crea un arte menos dependiente de los supuestos eclesiásticos. Si un orden estético renacentista menos rígido se abre a la introducción de motivos profanos de carácter mitológico y alegórico (desnudo, bodegón…), el Barroco que llegó después daría su réplica orientándose hacia una representación algo cruda e incluso cruenta de la realidad cotidiana, así como hacia un gusto por lo aparatoso y monumental a través de un marcado acento cortesano.

Si el XVIII es considerado como el siglo de la libertad, el progreso y la educación, creándose un arte algo más racionalista y sobrio que buscaba gran parte de su inspiración en la Antigüedad clásica como ejemplo de virtud para la sociedad, el Romanticismo triunfa y se consolida gracias a la crisis religiosa y a las revoluciones liberales del siglo XIX, sustituyéndose la supremacía de la razón y el orden del Neoclasicismo por la idea de libertad y el valor del sentimiento. Por su parte, a principios del siglo XX encontramos una ruptura con ese pasado naturalista, con la influencia del psicoanálisis y un claro incremento del subjetivismo (perdiendo importancia la forma y el color). En definitiva, el arte como sucesión de estilos que además se superponen y entrelazan, y como reacción frente a los presupuestos estéticos e ideológicos de cada una de las etapas anteriores.

Estos ligerísimos y meteóricos ejemplos para incidir en que las creaciones del ser humano son producto, consecuencia y reflejo del periodo histórico y la situación que nos toca vivir. Resulta evidente que las imágenes que se han ido creando a lo largo de la Historia siempre son un destello de la experiencia vivida y los tópicos vigentes; del sueño individual y la incertidumbre social. En este sentido, las fotografías realizadas durante los siglos XX y XXI se parecen mucho a las pinturas de los siglos anteriores: surgen del cruce entre las inclinaciones del autor y el sistema vigente de valores y significados. Revelan las ideas de su época, transmitiendo un relato que es, a grandes rasgos, una declaración de intenciones, un código moral y una vía de comunicación. Imágenes en las que resulta vital lo que se muestra pero también lo que se oculta: símbolos de un momento histórico, una mente concreta y un grupo social determinado. Obras que siempre parten de lo conocido, y precisamente por ello llevan implícitas las ideas que hicieron posible su creación. Las mismas que configuran nuestro universo mental, emotivo y social.

Al igual que las pinturas rupestres constituyen, a su manera, una especie de representación del mundo prehistórico, las fotografías que realizamos hoy en día son igualmente un fiel reflejo del momento actual en el que vivimos. Cada obra con las particularidades de cada autor, pero con las coincidencias que compartimos como integrantes de una sociedad determinada. Es cierto que existe un arte denominado conceptual en el que las ideas acerca de la obra prevalecen sobre el aspecto formal de la misma. También que bajo este paraguas estilístico la obra artística ya no se considera un objeto de contemplación, sino más bien un objeto de especulación intelectual. En todos estos casos la idea que sustenta y genera la obra es más importante que el artefacto en sí mismo, consecuencia lógica de un pasado retiniano donde la visión reinaba por encima del resto de consideraciones. Por eso resulta perfectamente válido señalar que una obra es conceptual, pero es absurdo creer que las fotografías que no entran en esa categoría están vacías de otro contenido que no sea el estético.

Todo esto para defender que la fotografía de un bello atardecer sobre una isla paradisíaca es tan conceptual como la imagen de una fábrica en ruinas a punto de derrumbarse. Como obra de arte, seguramente una es más “conceptual” que otra (al menos en la terminología moderna), pero ambas surgen de un sustrato ideológico que hace posible su creación. Veamos. Los impecables, emotivos, preciosistas y expansivos paisajes de Ansel Adams están muy alejados de las ideas que sustentan gran parte de la fotografía contemporánea, pero comparten con toda ella algo que resulta básico para cualquier creación artística: ideas. La obra del paisajista californiano surge de la historia de su país y de la sociedad en que le tocó vivir. Surge de una memoria histórica arraigada en la conquista del territorio, de una concepción religiosa de la existencia humana y sobre un convencimiento absoluto de la bondad de la Naturaleza y del vínculo místico que la conecta con cada ser humano. Adams estaba fuertemente influido por las ideas paternas relacionadas con ese pensamiento intuitivo –el trascendentalismo– que sostenía la unidad del mundo y de Dios, siendo el alma de cada individuo idéntica al alma del mundo, y urgía a que cada individuo buscara, en palabras de Ralph Waldo Emerson, “una relación original con el universo”. Adams era defensor a ultranza de los espacios naturales de su nación y por ello se entregó a la representación fiel de lo que él consideraba un entorno “privilegiado”. Su obra no fue sino un homenaje a la Naturaleza, al espíritu del hombre, a la mística de un entorno que nos proporcionaba todo el sustento necesario. Con una historia nacional detrás construida sobre la épica del aventurero, un lugar de nacimiento en la costa Oeste de Estados Unidos, un perfeccionismo forjado a base de horas de tocar el piano, un entorno natural inigualable a escasas horas de su hogar y un profundo sentimiento de conexión con la Naturaleza, las fotografías de Ansel Adams solo podían ser expresivas, sensibles, pulcras, luminosas. Observar sus hermosos paisajes equivale a radiografiar su alma, a entrever una por una todas las ideas que hicieron de él uno de los paisajistas más importantes del siglo XX.

Pero no todo el mundo percibe en las imágenes de Adams (y en las de muchos otros) esas ideas relacionadas con su entorno, su vida y sus aspiraciones. Quizá falta en ellas un pie de foto, una reflexión adjunta que ayudase a entender por qué fotografió así y no de otra manera. Con parte de la representación del paisaje (la más preciosista) ha ocurrido algo similar a lo que sucedió tras el nacimiento de la fotografía: que fue catalogada por muchos como un proceso meramente técnico (exento de cualquier connotación artística) destinado a fijar la realidad tal y como la veían nuestros ojos. Un procedimiento, en definitiva, al servicio de la memoria, pero no del arte. Y esto, tanto con la propia creación de imágenes como con las fotografías más “hermosas”, no es más que un gigantesco error. Un enorme malentendido que se ha empeñado en propagar que hay imágenes “con ideas” e imágenes “vacías”. Una confusión tremenda que parece dividir la producción fotográfica en obras que se basan en argumentos y obras que se fundamentan en impulsos superficiales. Una pelea, la de la lógica frente a la emoción, totalmente absurda y carente de justificación sólida alguna. Una lucha que solo se explica por el empeño de algunos de querer establecer una jerarquía entre imágenes “con ideas” (intrínsecamente superiores) e imágenes “vacías” (supuestamente inferiores). Una jerarquía implícita también entre ideas profundas e ideas triviales. ¿Acaso no se “construye” la fotografía de un bello atardecer sobre una isla paradisíaca con la misma meticulosidad, implicación y deseo con que se “construye” la imagen de una fábrica en ruinas a punto de derrumbarse?

La fotografía, creo que nadie lo duda, es un lenguaje y como tal se trata de un medio de autoexpresión que solemos utilizar –entre otras cosas– para comunicarnos con los demás. Y cuando nos expresamos lo hacemos desde la razón, pero también desde el sentimiento (incluso cuando fingimos). Observar las fotografías buscando únicamente el discurso que las sustenta puede hacer que nos olvidemos de que, además de racionales, los humanos somos seres afectivos y que, precisamente por ello, la interpretación de una imagen tiene siempre un componente simbólico e instintivo. Toda fotografía es emotiva (surge del alma de una persona) y conceptual (surge de su intelecto). Podría decirse que no existen fotografías “vacías” porque creativamente de la nada solo puede surgir la nada.

El que un autor no acompañe su obra de un discurso reflexivo no significa en absoluto que las fotografías nazcan de un impulso irracional vacío de contenido. Cada imagen creada es fruto de una determinada concepción de la vida, de una manera de percibir lo que nos rodea, de una forma concreta de experimentar los impulsos que nos llegan y de cómo filtramos las ideas para quedarnos finalmente con unas pocas y desechar otras muchas. Todo esto está en nuestras queridas fotografías, aparezca o no explícitamente en ellas, se manifieste o no en el pie de foto.

Soy de los que piensan que no hay fotografías “vacías”; en todo caso hay personas que simplemente piensan que cuando no hay nada que leer es porque no hay nada detrás de la imagen. Sin embargo, la falta de palabras nunca ha de presuponer la falta de conceptos porque cada fotografía (u obra de arte) surgió inevitablemente de las ideas que cada autor tenía en su mente en ese preciso instante. Las pinturas rupestres son una muestra (una de tantas) de que en ocasiones no es necesario un discurso para comunicar creencias o principios. Es la prueba también de que a veces no hacen falta palabras para contar una historia.

(Este artículo se publicó en la web de AlbedoMedia como parte de la serie “El abogado del diablo”)

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