MADURAR ES VACIARSE

Crecemos por acumulación. Y no lo digo yo; lo dicen los expertos.

Desde pequeños crecemos acumulando células, tejidos y destrezas. Añadimos capas a las ya existentes igual que vamos superponiendo redes neuronales a las ya establecidas. Sumamos sensaciones, afrentas y recuerdos. Agrandamos músculos, acumulamos grasa y endurecemos huesos. Nos llenamos de calcio, fósforo y magnesio. Llegará un momento en que alcancemos nuestra talla adulta, pero el cuerpo seguirá pidiendo alimento mientras el corazón continuará acumulando emociones. La mente seguirá engullendo ideas igual que la piel hará lo mismo coleccionado los signos del paso del tiempo.

A nivel intelectual sucede algo parecido. Aprendemos a sumar, restar, multiplicar y dividir añadiendo habilidades matemáticas mientras descubrimos los misterios del lenguaje apilando reglas gramaticales, significados y significantes. Las certezas, los límites y las prohibiciones nos desbordan como nos asaltan los prejuicios, las creencias o los interrogantes. Para opinar hay que saber, para solucionar hay que entender, para deducir es necesario relacionar conocimientos. Para crear se necesita una base que construimos con lo que nos cuentan, lo que ya se ha hecho y lo que experimentamos. Crear es trabajar con lo que ya existe.

Y así, una de las tareas fundamentales a las que se enfrenta todo ser humano consiste en seleccionar, de la ingente cantidad de estímulos que nos llegan, aquellos que nos benefician, nos parecen más adecuados o simplemente nos endulzan la vida. La visión del mundo se construye primero con vivencias propias e ideas ajenas. Luego vendrán las conclusiones, pero antes, mucho antes, se hace necesario afianzar conceptos, reunir datos, seleccionar respuestas. Y con todo esto dentro de nosotros, entonces elaboramos una receta que dé sentido a todo lo que experimentamos, o a casi todo. Una receta que cambia según la edad, la época y cómo nos sentimos.

Un fotógrafo se forma a base de técnicas, ecuaciones y herramientas. Acumulamos lugares, conocimientos e influencias. Deseamos abarcar buena parte de ese pastel inmenso que es la creación fotográfica. Para un fotógrafo crecer significa llenar la mochila de la memoria, la bolsa del equipo y el saco de la imaginación. Visitamos enclaves, páginas web y exposiciones. Poseemos objetivos, cámaras y trípodes. Acumulamos negativos, diapositivas o archivos digitales. Tendemos a creer que seremos mejores fotógrafos cuando entendamos ciertos conceptos, manejemos determinados programas o tengamos experiencias concretas. También coleccionamos personalidades pues nos construimos mezclando lo que más nos gusta con aquello que los demás piensan de nosotros. Queriendo ser otros, dicen, llegamos a ser nosotros mismos.

Del vacío solo puede surgir la nada, así que uno se lanza a buscar, sentir, mirar y vivir. Uno se abalanza sobre la realidad con el hambre de quien no ha comido en dos semanas. Solo así, pensamos, podremos alcanzar la excelencia, la perfección, la maestría. Y no hay nada equivocado en esto, solo que nos falta la segunda parte de la película: aquella que dice que para recordar es necesario olvidar y para llenarse es necesario vaciarse antes. Una taza, dice Krishnamurti, sólo sirve cuando está vacía porque llena no se le puede agregar nada.

La ecuación sería más o menos la siguiente: crecer es llenarse mientras madurar consiste en vaciarse. Podría decirse que se crece por acumulación pero se madura por destilación. No es un aforismo sino mi propia experiencia de la fotografía, que sería la misma o parecida si fuese músico, cineasta o calígrafo. Pongo énfasis en que se trata de “mi” experiencia porque no quiero que nadie sienta que me apropio de su particular proceso creador. ¿Acaso me siento ahora lo suficientemente maduro como para enseñar a los demás cómo alcanzar cierto grado de sabiduría? Obviamente no, pero creo que es importante entender que no podemos estar llenándonos eternamente, ya sea con técnicas, útiles o recetas.

Madurar significaría entonces soltar lastre. Así al menos lo veo yo. Dejar de acumular, de coleccionar cachivaches, de perseguir formas de ser, de recorrer el mundo, de buscar nuevas experiencias “ahí fuera”. Un ejercicio consciente para liberarse de algunos automatismos e inercias que nos atan a la comodidad de lo conocido, la repetición de patrones, el plagio de nuestros héroes, los discursos efectistas, la percepción inmutable. Un ejercicio para intentar alcanzar ese especie de oxímoron al que llamamos “mirada personal”. ¿Acaso no son todas las miradas personales? ¿Unas más, otras menos?

No se trata de renegar de todos nuestros esquemas, de las influencias recibidas ni la visión fotográfica heredera de muchas otras visiones. Es más bien una pequeña poda; una rama por aquí, otra por allá. Siempre se ha dicho que hay que volver a lo esencial, pero ¿qué es lo esencial? Para un creador de imágenes lo esencial es aquello que le define; que define su forma de percibir, de sentir, de relacionarse con lo que le rodea.

Vaciarse no es dejar la mente en blanco. No es dejar de pensar. No es olvidar por un momento, o durante varias horas, todo lo que se sabe. Vaciarse es desparramar todo el conocimiento sobre el suelo, o sobre una mesa, e intentar comprender cuánto de todo eso nos frena y cuánto puede ayudarnos a seguir creciendo. Vaciarse es retirar algunos tópicos (que están sobreexplotados), viejas influencias (que ya desgastamos) y quizá unos cuantos puntos de vista, volver a llenar la mochila con lo que ha quedado tras la criba y proseguir la marcha.

¿Qué deberíamos dejar? Esto es muy personal y depende de cada persona, de su momento vital, sus aspiraciones, su personalidad y su grado de cabezonería.

En mi caso, yo salvaría la naturaleza. Es donde me siento más a gusto con una cámara. Es donde he aprendido a fotografiar, a ser paciente, a adaptarme a las circunstancias cambiantes, a disfrutar visualmente, a sentir el viento en la cara y el frío en los huesos. En el campo he aprendido a estar solo, a depender de otros, a controlar mis expectativas.

También salvaría la estética, que no es exactamente lo mismo que la belleza aunque el diccionario los considere sinónimos.

(Este artículo apareció publicado con el mismo título en la web de AlbedoMedia)

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *