¿SIRVE PARA ALGO LA FOTOGRAFÍA DE NATURALEZA?

SERIE «EL ABOGADO DEL DIABLO» (IV)

La mezcla de belleza, sentimiento, saturación cromática y espacios naturales no parece vivir su mejor momento en nuestro país. Paisajes idílicos, atardeceres de ensueño, entornos salvajes, colores increíbles, especies amenazadas y momentos mágicos se conjugan en una serie de obras que todavía muchos siguen considerando como un “arte menor”. Incluso a veces se perciben como frívolas, superficiales o producto de fotógrafos aficionados. Cuando en una revisión de porfolios alguien me dice por tercera vez que mis fotos son muy bonitas, entonces sé que algo va mal, muy mal. Los que nos dedicamos a esto de salir al campo con la cámara sabemos que, fuera del circuito de la fotografía conservacionista o los concursos de “vida salvaje”, no quedan muchos espacios donde se aprecie un hermoso paisaje bañado por la cálida luz de un amanecer espectacular.

Espectacular; he aquí el problema. Dentro del ámbito artístico español pocos parecen valorar un tipo de fotografía que ciertamente se parece demasiado a las postales que venden en los Parques Nacionales más famosos y visitados del globo. Nada de suavizar los colores, descuidar la composición, incluir las alteraciones paisajísticas más aberrantes o evitar la grandiosidad del entorno. Claro que no. Nada de sesudas reflexiones a pie de foto sobre la condición humana, disertaciones sociológicas alrededor de nuestra relación con el entorno o comprometidas cuestiones de difícil solución. Todo lo contrario: alimento para nuestras pupilas, un auténtico empacho de imágenes de ensueño. Naturaleza embriagadora directa como un cohete hacia nuestra más básica dimensión sentimental. La belleza es a veces tan abrumadora que parecen vacías de contenido.

Vacías; he aquí el error. La estética parece cegarnos de tal manera que en ocasiones solo percibimos un documento veraz de cierto enclave paisajístico fotografiado en un “instante decisivo”. Un instante por cierto saturado de hermosura campestre. Qué pena que Cartier-Bresson no se dedicara a esto de la fotografía de naturaleza. Quizá hubiera dignificado algo más la tarea de tantos y tantos autores que seguimos empeñados en buscar en el mundo natural algo que lo conecte con nuestra alma. National Geographic lo ha intentado “a su manera” por la vía del asombro y la protección del medio ambiente, pero el mundo del arte parece querer huir desde hace tiempo de todo lo que huela a emoción, belleza y romanticismo. Y hace bien en renovar los cánones del buen gusto artístico, pero no podemos caer en el error de pensar que la fotografía paisajística no se sustenta sobre concepto alguno.

Concepto; he aquí la clave. El “exceso” de belleza puede ocultar lo que hay detrás de una imagen si nos convencemos a nosotros mismos de que la carencia de pie de foto o discurso adjunto es sinónimo de ausencia de concepto. Yo soy de los que piensan que toda imagen que realiza un fotógrafo es conceptual porque siempre parte de una idea, la que sea. Es conceptual porque la persona que la crea lo hace a causa de algo y con un fin concreto. Desea comunicar un mensaje, un sentimiento, una experiencia, un estado de ánimo, una utopía, un deseo… La Historia nos demuestra que incluso las pinturas rupestres contaban un relato y eran reflejo de una determinada concepción del mundo. En los dibujos prehistóricos hallados en numerosas cuevas del planeta hay artesanía y también ideas; son representaciones de un mundo, el de aquella época, que hacen alusión a mitos, a un deseo de futuro, a incertidumbres, a una manera muy concreta de concebir y percibir la realidad circundante. Pinturas que son reflejo, como casi siempre, del cerebro que las crea y de la manera de interpretar lo que percibe a través de los sentidos.                   

Percibir; he aquí la solución. Si a veces solo vemos en las fotografías de naturaleza paisajes idílicos llenos de tópicos es porque nosotros también las percibimos como un cliché. Un gigantesco estereotipo que dice que no hay nada tan superficial como una fotografía hermosa de un lugar hermoso. Que no puede haber nada revelador en la belleza por la belleza misma. La solución pasa por dejar de observar este tipo de obras de manera apresurada e impaciente buscando únicamente el supuesto mensaje, la historia o el discurso sociopolítico que acompañan a muchas obras contemporáneas. Hay formas y formas de mirar las obras de arte, y una de las más perjudiciales es hacerlo para reafirmar todos nuestros prejuicios. Una imagen bella no es trivial porque sea hermosa; lo será porque sea redundante, porque no sea coherente, porque no transmita lo que el propio autor desea, porque es fallida en su ejecución, porque no dialogue bien con sus compañeras de serie, porque no aporte nada al discurso del fotógrafo, porque no refleje una visión “personal”, etc. Hay más razones, y ninguna tiene que ver con la cantidad de belleza que transmite la imagen.

Otro error que a veces cometemos es contemplar las obras de arte pensando que la experiencia estética no tiene suficiente entidad por ella misma y necesita complementarse necesariamente con una experiencia intelectual. Sin esta última la primera parece insustancial e ingenua. Pero el supuesto impacto racional no puede convertirse en condición indispensable para poder gozar de una fotografía, y menos aún para catalogarla de significativa o desechable.           

Ahora, después de estas escuetas aclaraciones, vamos a intentar responder a la pregunta que encabeza el artículo. ¿Sirve para algo la fotografía de naturaleza? Bueno, entre otras cosas, para deleitar la vista y que chiflados como yo sigamos saliendo al campo con la cámara a cuestas buscando felicidad, emociones y belleza. Así que la primera respuesta es evidente: sirve de terapia. Y no es poco. También debería valer para que algunas personas se den cuenta de que el planeta que habitamos es de una belleza abrumadora y sería una lástima convertirlo en un erial a consecuencia de nuestro lucro monetario y afán productivo. Ésta es en realidad una respuesta moral. Asimismo podría servir para aflojarnos algo más el corsé “conceptual” que a veces nos atora y abandonarnos un poco a la experiencia sensible y al goce estético, lo que podría permitir una mayor receptividad hacia los estímulos afectivos. Sacar las emociones de paseo en cada exposición que visitemos. Dejarlas sueltas y a su aire ―como las soltamos cuando hacemos el amor― cada vez que contemplemos una muestra fotográfica.

Más cosas. La fotografía de naturaleza podría servir también para hablar, no únicamente de lo que muestran las imágenes, sino también de lo que sugieren y así dejar de lado (aunque sea de cuando en cuando) esa tendencia del conceptualismo de referirse de manera obsesiva a las ideas, abriéndonos un poco más al mundo de los fenómenos, las intuiciones y los sentidos. Tampoco sería bueno reducir todo a mensajes verbales. Yo lo tengo claro: no todo puede explicarse con palabras.

Finalizamos. ¿Para qué puede servir entonces la fotografía de naturaleza? Puede servir de terapia, de argumento moral, de relajación conceptual, de reivindicación estética, de pequeña liberación emocional, como vía de conocimiento y también para practicar cierta flexibilidad mental que nos evite juzgar una foto únicamente por la historia o el relato al que dice referirse (que todo esto es, en cierto modo, para lo que vale eso que se llama cultura). Para mí, una buena idea muy bien fotografiada es mucho mejor que una muy buena idea mal fotografiada. Pero esto no se lo podemos exigir al público así, por las buenas; antes, los chiflados que seguimos saliendo al campo en busca de felicidad, emociones y belleza tenemos que estar plenamente convencidos de ello. Solo así lograremos que cada vez más personas se tomen en serio las fotos que hacemos.

(Este artículo se publicó en la web de AlbedoMedia como parte de la serie “El abogado del diablo”)

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