FOTOGRAFÍA Y DESARROLLO PERSONAL

SERIE “PARA MEDITAR SOBRE LA ENSEÑANZA FOTOGRÁFICA” (IX)

La fotografía es un lenguaje más; otro de los muchos que hay y que utilizamos para decir o insinuar, para gritar o sugerir. Puesto que todo lenguaje plástico tiene una función expresiva, un número nada desdeñable de obras terminan convirtiéndose en una manera de comunicarnos con el mundo. “Cuando te dedicas a esto durante muchos años, acabas entendiendo que no seguirías escribiendo si nadie te leyese.” Así de sincero se mostraba el escritor Richard Ford durante una entrevista en 2013 (Entrevista de Álex Vicente a Richard Ford en Babelia, El País, 24-8-2013, págs. 4-6). Años antes, el escritor argentino Adolfo Bioy Casares llegó a confesar lo siguiente: “Yo escribí para que me quisieran.”

Es bueno tener presente que en ocasiones realizamos fotografías para mostrárselas a los demás. No es nada malo; a veces llega a ser parte inherente de la creación fotográfica: imagino, construyo, pruebo, corrijo, creo la obra final, muestro, saco conclusiones y vuelvo a iniciar el proceso teniendo en cuenta –en teoría– lo visto, escuchado y sentido. Y de ese acto público dependerá buena parte de nuestra identidad como autores y mucha de la valoración que otorguemos a la propia obra. 

Y es así porque nos hemos desarrollado a través de la manifestación de nuestro conocimiento, nuestras dudas y nuestros sueños. Cuando supimos expresarnos con gestos dejamos claras nuestras intenciones; cuando pudimos pintar lo hicimos con brasas y con sangre; cuando pudimos esculpir lo hicimos utilizando arcilla o bronce; cuando pudimos escribir lo hicimos sobre piedra y sobre madera; cuando supimos utilizar el lenguaje pusimos nombre a nuestros deseos. Expresarse forma parte de la historia de la humanidad porque significa reaccionar ante el medio, tomar partido, definir una identidad, trasladar al cuerpo lo que siente el alma. Cada persona que se expresa libera al exterior, aunque sea momentáneamente, lo que lleva dentro. Es hacer visible lo que nos afecta. Expresarse no es una opción; es parte indisoluble de nuestra naturaleza más íntima.

La fotografía, por tanto, nos proporciona un medio de expresión y una vía de comunicación. Así pues, la realización de imágenes, como actividad creativa, puede servir para más cosas que para captar retratos inspiradores, paisajes idílicos o momentos decisivos. Su aprendizaje puede ser visto como una forma de descubrir nuevas realidades y diferentes puntos de vista, así como de profundizar en ciertos aspectos del ámbito donde vivimos. Pero también existe la posibilidad de asumir la creación de imágenes como un proceso de desarrollo de ciertas cualidades individuales sin descuidar la parte específica del medio fotográfico: aprender a hacer fotos como una actividad cognitiva y al mismo tiempo como un camino de crecimiento personal.

La fotografía combina la capacidad verbal, analítica y racional del hemisferio izquierdo con la sensibilidad y la competencia intuitiva e integradora del hemisferio derecho. La realización de imágenes implica cierta destreza analítica (a través de la selección del motivo a fotografiar, del encuadre y del momento), de contemplación y de síntesis. De hecho, la fotografía sirve para ejercitar nuestra percepción del mundo, permitiendo revelar la singularidad de cada persona a la vez que refleja también la expresión de lo común.

Además, la creación artística contribuye a la abstracción y a la simbolización, las cuales ayudan a desarrollar lo que el psicólogo norteamericano J. P. Guilford, pionero en la investigación de la creatividad, denominó como pensamiento divergente –aquel que se caracteriza esencialmente por la búsqueda de múltiples respuestas alternativas para resolver un problema–. Un tipo de pensamiento que se ha revelado como beneficioso para la capacidad adaptativa humana.

 Y cuando uno se da cuenta de que la fotografía sirve para más cosas, entonces entiende que el proceso creativo siempre es un viaje hacia nuestro yo interno; un dejar de mirar y empezar a ver. Y resulta fascinante porque cada cruce de caminos puede conducirnos a nuevos descubrimientos que invitan a interrogarnos sobre nosotros mismos. Una introspección con destino concreto: nuestra esencia personal. A pesar de esa dependencia inevitable de ciertas herramientas y de la destreza técnica, el fotógrafo no deja de ser un aventurero inmerso en el cosmos de su propia subjetividad. En este caso el mérito del profesor radica en lograr que de cuando en cuando los alumnos miren también hacia el interior; que en algunas ocasiones corran a buscar lo significativo dentro de ellos y hacer posible que puedan conectar su mundo interno con aquello que captan.

G. Ballard, uno de los grandes renovadores de la literatura fantástica, dejó dicho que el verdadero territorio a explorar por la ciencia-ficción no era el espacio exterior, sino el espacio interior. Si sustituyésemos el término ciencia-ficción por el de fotógrafo, la frase seguiría teniendo mucho sentido. Aún más si cabe, puesto que la mejor manera de entender lo que se capta con la cámara es echándole una mirada a lo que pasa en nuestro universo íntimo. Porque al final la fotografía, como las demás artes, como el propio ser humano, es mucho más grande por dentro que por fuera. Quien mira a través del visor está mirando, aunque no lo sepa, con un ojo hacia fuera y con el otro hacia su interior. Y de cómo recorramos este sendero –el cual conecta lo intangible con lo mundano– dependerá finalmente nuestra trayectoria como fotógrafos.

Se trataría básicamente de convencer a los estudiantes –y también a nosotros mismos– de que la fotografía es mucho más que hacer fotos y que la realización de imágenes no está tan separada de nuestra formación como personas. Convencerles, y demostrarles, que esta maravillosa disciplina artística es conocimiento del medio y además conexión emocional con él, pues generalmente lo primero no puede darse sin lo segundo. Que hacer fotos significa desarrollar la mirada, la destreza técnica y la creatividad, pero también la perseverancia, el compromiso con el trabajo y la introspección. Que ser fotógrafo puede desembocar en desempeño profesional, pero que ha de ir ligado, como en cualquier otra actividad creadora, a ciertos procesos internos relacionados con nuestra naturaleza íntima. Jaume Plensa, uno de nuestros artistas plásticos más internacionales, afirmaba en una entrevista que “evolucionando como persona, la obra crece contigo” (Entrevista de Ángela Molina a Jaume Plensa en Babelia, El País, 16-8-2014, pág. 10). Sin duda, las fotos cambian cuando cambiamos nosotros.

Convencerles de que el fotógrafo también ha de modelarse a sí mismo, tal y como nos recuerda Rudolf Arnheim, a través del desarrollo de la intuición, la capacidad de razonar correctamente, cierto entendimiento que nos permita diferenciar lo provechoso de lo redundante, así como la habilidad de comprender la relación entre lo que se capta y lo que se persigue. Además, puesto que la resolución creativa de problemas es aplicable a cualquier actividad a la que nos enfrentemos a lo largo de nuestra vida, sería una verdadera lástima que la realización de imágenes nos llevase de un sitio a otro sin entender la importancia de nuestros deseos más profundos. Que la fotografía llegase a convertirse en una mera repetición de rutinas que no nos aportase un conocimiento algo más profundo de quiénes somos y qué queremos.

Al final, resulta que la labor de fotógrafo no es tan diferente de la tarea de conocerse uno mismo.

(Este artículo se publicó en la web de AlbedoMedia como parte de la serie “Notas para meditar sobre la enseñanza fotográfica”)

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2 respuestas a FOTOGRAFÍA Y DESARROLLO PERSONAL

  1. Fernando, desde que te descubrí eres una fuente de inspiración.

    Muchas gracias por enseñarnos el valor de la FOTOGRAFÍA.

    • Fernando Puche dijo:

      Hola Pep. Gracias por tus palabras y por leer mis artículos. Me alegro mucho de que te sirvan de fuente de inspiración y de que te aporten algo positivo.

      Un saludo. Fernando Puche

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